Análisis Yakuza 0

Let’s Rock

Eran las 18:00 aproximadamente. Caminaba con el piloto automático activado, no necesitaba mirar a mi alrededor, tenía claro dónde ir, cómo, y por qué quería llegar, y mientras mis pies se movían y el resto de mi cuerpo ejercía la fuerza necesaria al compás que debía para llegar a mi destino, mi cabeza estaba en otro sitio. Soy un poco misántropo, bueno, bastante, no os voy a engañar, cuando me toca ir a algún lado prefiero centrarme en un camino conocido y desconectar el cerebro entre cavilaciones para evitar pensar en lo que me rodea la inmensa mayoría del tiempo.

Pero ese día me fijé en algo.

Una mujer de avanzada edad pasaba por mi lado, desprendía una actitud vanidosa, altiva, y autoritaria, no vamos a andarnos con pequeñeces. Ambos íbamos en la misma dirección pero por distintos caminos, y cuando fijé la vista en ella, volví a conectar el cerebro y la observé todo lo que pude. Pasó delante de un grupo de adolescentes que enarbolaban sus voces esgrimiendo con voz chulesca argumentos sobre qué habían hecho la noche anterior, no muy distante de lo habitual en el rango de sus edades. La mujer pasó a su lado con la misma mirada de superioridad moral con la que miraba a cada ser que se encontraba en su camino, dando constancia de su presencia, pero no importancia, la ecuación perfecta entre desconexión y desprecio que había visto en cierto tiempo. Hasta que pasó delante de aquel mendigo. No lo miró, su sola existencia parecía desconocida para la mujer, y como en aquel capítulo de Los Simpsons, una abertura en el espacio tiempo se abrió entre aquellos dos individuos, tan distantes, y tan cercanos.

Me pregunto qué los separa más allá del dinero.

Yakuza 0 sería imposible en una sociedad no capitalista, su base para el sistema de habilidades y compras es el dinero, su trama se fundamenta en la burbuja inmobiliaria de finales de los 80 en Japón y sus personajes consiguen casi todo lo que desean a través de los preciados billetes, incluso su sistema de combate gana parte de su impacto en la creación aleatoria de billetes y monedas que vuelan cuando nos da por limpiar las calles de Kamurocho con los rostros de cualquier “punk” que camina mirándonos con superioridad. Y he experimentado pocas cosas este año más satisfactorias que destrozar los huesos de un grupo de mercenarios vestidos de geishas haciendo break dance para acabar pateándoles en los huevos.

Yakuza 0 es así, puede hablarte sobre una sociedad capitalista deshumanizada por el ansia de poder y dinero en la que los verdaderos hilos en los que se sostienen sus bases son movidos a placer por las organizaciones criminales bajo cuyas mesas se esconden las principales cabezas visibles de su entramado político, y al minuto, pasar a pedirte que le compres una revista erótica a un niño que no supera los 12 años, evitando así, mediante un minijuego de sigilo, las astutas miradas de las señoras que rondan en busca de un nuevo chisme que contar a sus amigas.

Es una tragedia griega que encuentra en la antítesis su mayor aliado, un tono que se mueve con soltura en una cuerda floja entre el absurdo y el drama. Y mientras que su guión quiere hablarnos sobre el poder y los límites éticos y morales a los que sus protagonistas se someten por la pertenencia a una organización criminal, sus mecánicas buscan con ferviente devoción una disonancia que exhibe con orgullo y de la que hace gala hasta el último de sus compases, mirando a cámara y diciéndonos que sí, que esa cincuentona nos acaba de usar como juguete sexual pero que pares de reírte un instante, que acaban de matar a la única persona en la que podías confiar en este juego de marionetas.

El primer combate en Yakuza 0 viene precedido de una de las más brillantes demostraciones de escritura que he visto en este medio jamás, cerca queda de alcanzar al inolvidable “I’m coming for you, Nazi fucking space man” de Wolfenstein: The New Order. “I’ll sober them up with my fists”, reza Kiryu antes de arremeter contra un par de borrachos que se pasean por un callejón de Kamurocho; que acaben sobrios a golpes no es sino una presentación perfecta del tono que veremos más adelante, ese gamberrismo ochentero conjugado con las mecánicas de un beat em ‘up tridimensional que son más satisfactorias que un café por la mañana.

 

…sus mecánicas buscan con ferviente devoción una disonancia que exhibe con orgullo y de la que hace gala hasta el último de sus compases…

Los puños en Yakuza 0 son los auténticos reyes de la fiesta, desde un estilo pesado y algo más defensivo de Kyriu hasta la ligereza y el mortal baile de Majima hay un mundo de posibilidades y espectacularidad en el que se mantiene en común una contundencia que hace de cada golpe un pequeño cosquilleo en la parte más enferma de nuestro cerebro. Una fiesta de ejecuciones que juegan entre la broma y la extrema violencia de barrio en la que somos el rey de la pista, un John Travolta dopado con ganas de estirar las piernas sobre los huesos de los que nos echen una mirada extraña.

Y es que en este desfile de puñetazos, patadas, giros imposibles, y lanzamientos de objetos hasta conseguir la ejecución más salvaje hay un punto de glorificación cachonda, un histrionismo que se lleva desde los karaokes hasta los clubes de teléfonos para conseguir una cita, uno en el que el combate y el dinero forman parte intrínseca de su éxito y con el que Yakuza 0 logra equilibrar una experiencia excitante y satisfactoria, en la que cada puño se combina con una pequeña historia de superación, cada patada con una dolorosa pérdida y un aprendizaje en la psique de nuestros personajes. Un viaje en el que la imagen es lo importante, pero no lo que nos define, en el que los grandes se comen a los pequeños y en el que dos hombres toman las riendas de su vida tras aprender por las malas qué significa pertenecer a la yakuza. El mensaje final de Yakuza 0 es que a pesar de todo siempre podremos mirar al horizonte y seguir adelante, enmendar nuestros errores y observar con esperanza qué nos espera en el futuro, sin importar lo que suframos podremos cerrar los ojos y reventar una bicicleta en la espina dorsal de algún imbécil mientras, con la ilusión de un infante, susurramos en voz baja, con una suave sonrisa serigrafiada en nuestros labios:

– Siempre nos quedará otro chiste de pollas.-

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